#ANÁLISIS López Obrador y el fervor del pueblo

Lun, 3 Dic 2018
AMLO no debe caer en la tentación del culto a la personalidad, afirma académica de la IBERO
  • Andrés Manuel López Obrador, presidente de México para el periodo 2018-2024 (Tomada de Noticieros Televisa).
Por: 
Dra. Ivonne Acuña Murillo*

Tras 12 años de espera de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y sus seguidores, por fin comienza el sexenio largamente anhelado. La ceremonia de toma de protesta, los recorridos previos y posteriores, el festejo en el Zócalo, la purificación y consagración y la recepción del Bastón de Mando otorgado por los 68 pueblos originarios y afromexicanos al nuevo mandatario, permitieron constatar que después del expresidente Lázaro Cárdenas, no había existido un fervor así por ningún jefe de Estado en México.

Caras alegres, risas, llanto, baile, música, espera durante horas para verlo, para tocarlo, para saludarlo al pasar, para entregarle flores y/o peticiones, para felicitarlo, para tomarse la selfie, para recordarle que no puede fallarle al pueblo, son sólo algunos de los indicadores observables que el 1 de diciembre dieron cuenta de dicho fervor.

Son indicio, además, de una cultura política profundamente arraigada en la cual el Presidente de la República, el Tlatoani, es el hombre más poderoso del sistema y el único que puede hacer realidad las esperanzas de un pueblo que ha sido reiteradamente ignorado por las élites políticas y económicas. Renace peligrosamente aquella idea, estudiada por el experto en sistema político mexicano Daniel Cosío Villegas, de que “el presidente puede resolverlo todo con sólo proponérselo”.

Peligrosa porque es un hecho que un solo hombre no puede salvar al país de los graves problemas que le aquejan, y que la solución de éstos será el resultado de una labor colectiva. En este caso, AMLO lo ha entendido así, tal y como lo demuestran sus llamados a la pacificación, a la concordia y al trabajo conjunto. Pero que él esté claro no supone que sus seguidores lo estén y que él mismo no pierda, en algún momento, la conciencia de sus limitaciones.

Por otro lado, lo peor que le podría pasar al país es que tras la idea de un mandatario todopoderoso, las y los corresponsables de que esta administración logré sus objetivos dejen de hacer lo suyo.

Volviendo a Cosío Villegas, el estudioso observó también, en su libro El estilo personal de gobernar (1974), que nuestro sistema político “propicia un estilo personal, y no institucional, de gobierno”. Sus observaciones fueron hechas en la década de los 70 cuando a decir de él mismo no funcionaban “la opinión pública, ni los partidos políticos, ni el parlamento, ni los sindicatos, ni la prensa, ni el radio y la televisión…”, de manera que un presidente podía obrar “tranquilamente de un modo muy personal y aun caprichoso” (: 9).

A diferencia de los años 70, hoy si operan todas aquellas instituciones enumeradas por Cosío Villegas, pero a pesar de lo anterior, sigue parcialmente vigente una cultura política que, efectivamente, no sólo permite, sino que promueve un estilo personal de gobernar. Característica que inevitablemente ha distinguido a un primer mandatario de otro, así a Benito Juárez, como a Porfirio Díaz, Lázaro Cárdenas o Carlos Salinas de Gortari, entre otros. En los primeros dos casos, el estilo personal de gobernar no contaba con los límites impuestos por la institucionalización y ritualización de la Presidencia de la República, como en el de los dos últimos.

En la administración que comienza es posible observar una redefinición de los límites de ese poder, al menos discursivamente. El ahora primer mandatario afirma que se someterá a la voluntad del pueblo y a la de nadie más. Esta afirmación puede leerse a partir de dos elementos. El primero atañe a la democracia entendida como gobierno del pueblo y el segundo a una estrategia claramente definida por quien comienza su sexenio en torno a que su fuente no sólo de legitimidad sino de poder real se encuentra en el pueblo, especialmente en los millones de personas que lo han seguido por más de una década.

Es en el pueblo donde AMLO cimenta el poder que deberá oponer a las élites políticas y económicas que no se resignarán a perder sus privilegios, como quedó consignado en una de las frases de su toma de posesión:

“En dos años y medio habrá una consulta y se les preguntará a los ciudadanos si quieren que el presidente de la República se mantenga en el cargo o que pida licencia, porque el pueblo pone y el pueblo quita, y es el único soberano al que debo sumisión y obediencia.”

Sumado a lo anterior, se observa la intención de cumplir con una parte de aquella institucionalidad que ha hecho de la Presidencia una institución reconocible. Sin embargo, López Obrador está empeñado en cambiar el boato y el abuso de poder que ha acompañado a la institución presidencial, renunciando a muchos de sus privilegios como el uso del avión presidencial, la partida para vestuario del primer mandatario y su familia, a vivir en Los Pinos, incluso en Palacio Nacional, a reducir a la mitad el gasto público en comunicación, etcétera.

En este caso, ha decidido imitar a Benito Juárez para quien “los funcionarios debían aprender a vivir en la justa medianía”, a lo que AMLO agrega “no puede haber gobierno rico, con pueblo pobre.”

Además de impedir los abusos del poder, López Obrador se niega a encerrarse en las alturas del hombre más poderoso del país perdiendo contacto con el pueblo al que tanto refiere. Es desde esta interpretación que algunas de las frases pronunciadas durante su toma de posesión cobran sentido:

 “Siempre he pensado que el poder debe ejercerse con sabiduría y humildad, y que sólo adquiere sentido y se convierte en virtud cuando se pone al servicio de los demás”.

 “Gobernaré con entrega total a la causa pública, dedicaré todo mi tiempo, mi imaginación, mi esfuerzo a recoger los sentimientos y a cumplir con las demandas de la gente”.

“Estoy preparado para no fallarle a mi pueblo. Ahora que venía para acá, se emparejó un joven en bicicleta y me dijo: ‘Tú no tienes derecho a fallarnos’. Y ese es el compromiso que tengo con el pueblo: No tengo derecho a fallar”.

En el discurso que pronunció en el Zócalo, después de la purificación y ya con el Bastón de Mando, y tras pronunciar los cien compromisos de su gobierno, reiteró su postura además de reforzar la unión entre él y ‘su pueblo’: “Les invito a que ayudemos todos a convertir en realidad estos compromisos y que cada año, aquí en el Zócalo, los repasemos uno por uno y podamos saber si ya se han cumplido o siguen pendientes”.

A través de su discurso, ‘Obrador’, como le llama la gente que lo sigue, ha dado forma a una especie de cofradía, “Discutamos en todas las plazas públicas de México si avanzamos o no, con el propósito de que haya transparencia y acabar con la corrupción y la impunidad. Analicemos en las casas, calles y plazas si mejora o empeora la situación económica y social de nuestro pueblo y tomemos siempre entre todos los acuerdos que más convengan a la sociedad y a la nación”.

Por si alguna duda quedara, antes del ‘Viva México’, comprometió: “No dejemos de encontrarnos: mantengamos siempre la comunicación. No habrá divorcio entre pueblo y gobierno. Yo les necesito, porque como decía Juárez ‘con el pueblo todo, sin el pueblo nada’. No me dejen solo porque sin ustedes no valgo nada o casi nada; sin ustedes, los conservadores me avasallarían fácilmente. Yo les pido apoyo, porque reitero el compromiso de no fallarles; primero muerto que traicionarles”.

Los dos discursos de López Obrador, el del Congreso y el del Zócalo, se vertebraron alrededor, primero de una crítica profunda al modelo económico neoliberal, misma que enfatizó de cara a su último representante, el ahora expresidente Enrique Peña Nieto, no sin antes haberle agradecido sus deferencias y su decisión de no intervenir directamente en las elecciones presidenciales pasadas; y segundo, su compromiso de poner fin a más de tres décadas de corrupción, impunidad, abusos, robo de los recursos del país, etcétera.

El tono de ambos discursos fue diferente, el del Congreso fue duro, pero institucional, a pesar de haberse permitido el uso de una frase coloquial como “me canso, ganso” al referirse al aeropuerto de Santa Lucía. Durante su lectura, el presidente respondió a dos tímidos intentos del PAN por sabotear el evento, desarmando la protesta. El segundo, fue más intimista, más emotivo, más cómplice. En este, el uso del “nosotros” se convirtió en la punta de lanza que devolvió a Obrador a su escenario natural.

El discurso en el Congreso de la Unión comenzó con el reconocimiento a la actitud del expresidente Peña para luego convertirse en una larga lista de recriminaciones a quienes, desde el poder, incluyendo al expresidente, se dedicaron a saquear a la nación bajo el pretexto de un cambio de paradigma en relación con el papel del Estado en la vida pública. Las cifras en torno al aumento de la deuda pública, el bajo crecimiento económico, la escasa inversión en Pemex después de la reforma energética, el lugar de México en el mapa de la corrupción mundial, etcétera, fortalecieron la idea de que “en el periodo neoliberal la corrupción se convirtió en la principal función del poder político”.

López Obrador prometió hacer a un lado “la hipocresía neoliberal”, pues “todos los seres humanos tienen derecho a vivir y ser felices, es inhumano utilizar al gobierno para defender intereses particulares y desvanecerlo cuando se trata de proteger el beneficio de las mayorías”.

Después de afirmar que “la política económica neoliberal ha sido un desastre, una calamidad para la vida pública del país” sostuvo que, para enfrentar la crisis de México, hacen falta tres cosas y dos de ellas ya están aseguradas de antemano: un pueblo trabajador y suficientes riquezas naturales. La tercera llegará “pronto, muy pronto… un buen gobierno, y en ese compromiso empeño mi honor y mi palabra”.

Ya en Zócalo, después de la purificación y con el Bastón de Mando, el presidente López Obrador se dirigió nuevamente al pueblo y se comprometió a cumplir el programa de cien puntos que leyó puntualmente.

Cuatro elementos se pueden destacar de la que fue y será una histórica toma de posesión, a saber:

Primero, el reconocimiento de los pueblos originarios y afromexicanos que aceptaron simbólicamente, a través del Bastón de Mando, el poder y la jerarquía del nuevo mandatario sobre ellos, no en un acto meramente protocolario como se hacía antes, desligado de la toma de posesión, sino unas horas después de que López Obrador rindiera protesta como presidente constitucional y le fuera colocada la Banda Presidencial.

Segundo, que tanto AMLO como su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, aceptaran la consagración y purificación por parte de la sacerdotisa Carmen Santiago Alonso, quien le entrega el bastón; y de María de Lourdes Jiménez Liera, médica tradicional mixteca, y de Francisco Martin, médico tradicional náhuatl de Veracruz, quienes llevaron a cabo el ritual de purificación.

Tercero, que un presidente en funciones, con lágrimas en los ojos, se arrodillara públicamente, para recibir un cristo negro clavado en una cruz blanca envuelta en un manto con hilos dorados, frente a un médico indígena otomí (cuyo nombre no fue recogido por los medios) quien visiblemente emocionado y llorando dijo en lengua hñähñu:

"Los saludo en este día, le damos la bienvenida, todos estamos aquí, mucho pedimos que le vaya bien, porque aquí es difícil, porque aquí es de los mestizos, por eso estamos aquí, por eso estamos aquí con nuestro hermano, que no le sea difícil, hermano nuestro.

“Estamos contigo, hermano, ¡qué será de nuestro hermano!, ¡qué será de nuestro hermano el gran maestro!". (La traducción fue hecha por Erasto Huizache, originario del Valle del Mezquital, estudiante de la Maestría en Ciencias en Biotecnología, profesor y traductor de lengua hñähñu, quien estuvo presente en la ceremonia).

Cuarto, la asistencia espontánea de miles de personas para festejar el inicio de un periodo largamente esperado.

Para concluir esta colaboración es necesario decir que a los retos que enfrentará el hoy presidente de la República se suma uno más: resistir el fervor de sus seguidores y no convertirlo en un culto a la personalidad, sino en movilización de los amplios sectores sociales que lo ven como al gran Tlatoani, dirigiendo sus acciones, energía y admiración al cumplimiento de los objetivos que se ha propuesto.

*Dra. Ivonne Acuña Murillo es académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la IBERO


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